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Poesía y crítica

Blog de Francisco Díaz de Castro

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TOMAS Q. MORIN. MILES DAVIS STOLE MY SOUL

TOMAS Q. MORIN. MILES DAVIS STOLE MY SOUL.

José María Álvarez, Los obscuros leopardos de la Luna

José María Álvarez, Los obscuros leopardos de la Luna. Sevilla, Renacimiento, 2010. 94 págs.
Francisco Díaz de Castro
Ya desde el título este nuevo libro de José María Álvarez (Cartagena, 1942) muestra que sigue siendo en lo esencial el poeta imaginativo, esteticista y mitómano que diera a conocer José María Castellet en su antología de 1970 Nueve novísimos poetas españoles, y uno de los mejores de aquella discutida selección.
Al mundo poético tempranamente consolidado en la primera edición de Museo de cera –título que fue acogiendo orgánicamente los nuevos libros de Álvarez hasta la edición, definitiva en principio, de 2002–, le han seguido Sobre la delicadeza de gusto y pasión (2006), Bebiendo al claro de luna sobre las ruinas (2008) y este último Los obscuros leopardos de la luna que, más que constituir el arranque de un nuevo ciclo, se mantienen fieles a la actitud ante el mundo y ante la escritura que ha caracterizado al poeta en las últimas décadas, y en particular desde la publicación del gran libro que es El botín del mundo.
Se comenzaba a apreciar en éste cómo la presión de la temporalidad y el desengaño social acentuaban decisivamente, entre otras cosas, los tonos sarcásticos, la provocación moral, el refugio imaginativo en la exaltación de los sentidos, de la biblioteca y del erotismo. Todos estos elementos alcanzan en los poemas del último libro una especial tensión expresiva y una elevación del tono que, junto con el significativo incremento de los elementos irracionalistas, hacen del conjunto uno de los más intensos, violentos y elitistas del autor.
Al homenaje renovado a sus escenarios míticos –Venecia, París, Alejandría, Estambul, etc.– y a tantos autores, de Homero a Shakespeare, a Kavafis o a Cioran, se suma, casi en el centro del libro, la suite de poemas de desbordante lubricidad que homenajean a los clásicos de la Antología Palatina al tiempo que instalan la consagración sin límites del sexo, recordado o deseado, en el centro de la evocación general que opera en todo el libro como motor de la elegía. Así, en “Sirenas de burdel (Pastiche de Rufino)”, se alían el guiño literario, la nota canalla y el humor:

(…) ¿Cuál elegir de las tres cortesanas?
Me acordé de Paris, lo que aquel Juicio trajo.
Las tres, la tres, pagaré lo que sea,
deje, pero las tres.

Lo provocativo que puede haber en estos poemas, y en otros de tema sentimental o de exaltación de la belleza del mundo, manifiesta una faceta más de la disidencia radical que, en otros textos de un carácter moral sui generis, el personaje de Álvarez enfrenta a la realidad contemporánea con otros tonos que denuncian el deterioro moral, que satirizan el imperio de la frivolidad y la grosería, la hipocresía de la corrección política, el desprecio hacia el ciudadano por parte de quienes lo gobiernan y, en último término, el imperio organizado de la incultura:

Viene un mundo
donde seremos ininteligibles.
No ya lo que digamos, lo que amamos:
sino lo que somos.

Frente a todo esto, que cunde a lo largo del libro, deben destacarse el “Panegírico de Nina Gaguen-Turn”, un magnífico poema sobre la dignidad frente a la tiranía, o, en otro sentido, la elevada retórica y el elogio infinito del Deseo amoroso en “I will o’ertake thee, Cleopatra”. Sin embargo no sorprende que Álvarez, en su línea de siempre y recurriendo a lo que nos cuenta Tácito del emperador Vitelio, titule con claridad uno de sus poemas más provocativos “Expresa su condena de todos los actuales políticos del mundo con especial desprecio por los españoles (y obviamente, condena extensiva a todos los aspirantes a la Depredación”.
Hay, sin duda, elitismo y desprecio en muchos de estos poemas críticos del autor, siempre extremoso en su desafío a la realidad constatable, pero muchos de sus versos me resultan compartibles:

¿Sabes lo que querían aquellos intelectuales?
Ser respetables.
Quiero decir, que hablasen de ellos,
que los estimasen
los mandarines miserables de la Cultura.
Y dinero.

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La poesía de Fina García Marruz

Fina García Marruz El instante raro

Fina García Marruz, El instante raro (Antología poética). Edición, selección y prólogo de Milena Rodríguez Gutiérrez. Valencia, Pre-Textos, 2010. 448 págs.

Esta extensa antología de Fina García Marruz (La Habana, 1923) constituye un verdadero acontecimiento: por primera vez se publica en España una muestra representativa de la obra poética de esta autora fundamental de la literatura cubana del siglo XX que ha permanecido casi inédita fuera de Cuba hasta muy recientemente. Y, pese al silencio que ha pesado sobre su obra en España, el de esta poeta fue y sigue siendo uno de los nombres principales de su generación, que es la generación de la revista Espuela de plata o del “grupo de los diez”, en referencia a la antología Diez poetas cubanos que preparó Cintio Vitier en 1948 en la revista Orígenes, un grupo decisivo en su tiempo y que integraron también grandes poetas de la categoría de José Lezama Lima, Eliseo Diego, Gastón Baquero, Virgilio Piñera o el propio Cintio Vitier, tan distintos entre sí.

Milena Rodríguez ha seleccionado en El instante raro dos centenares de poemas que permiten conocer la diversidad y hondura de una poesía que se nos ofrece deslumbrante de hallazgos, de gracia verbal, de trascendencia. En su extenso prólogo, la antóloga sitúa a Fina García Marruz en las poéticas de su tiempo y desmenuza las claves principales de una obra que se nos presenta con la gracia de la facilidad expresiva y con la intensidad de una extraordinaria penetración en el envés de lo cotidiano: “Quiero escribir con el silencio vivo”, dice la poeta en pos de más realidad observando el pormenor y lo vivido.

Pero el valor de su obra no reside sólo en la creación de una intuitiva genial, sino también en su especial capacidad reflexiva. Queda aún por publicarse en España su importante obra ensayística, que se iniciaba en Orígenes con textos como “Lo exterior en poesía”, clave para entender una forma de mirar y de decir que expresa bien la cita de José Martí en la que se apoya el título de uno de sus poemas y de esta antología: “No se ha de decir lo raro, sino el instante raro de la emoción noble o graciosa”.

La poesía de García Marruz se recoge básicamente en tres conjuntos. Las miradas perdidas (1951) ya presentan la sencillez formal y las formas de una visión trascendente de lo inmediato insuficiente que son rasgos distintivos de la autora:

Como un barco
la intimidad violeta de la casa cerrada
me toca hasta esa música que soy y que no abarco.

Intimidad y realidad exterior, ansia de eternidad frente al tiempo efímero –“esos días manchados de temblor venidero”–, la acción de los sentidos que traducen el misterio –“Lo eterno en lo fugaz, como estas hojas/ en las que ahora llueve”–, la honda percepción de lo universal en lo particular, bien aprovechada la lección de Juan Ramón Jiménez: “Lo inmenso no era mayor, ni menor lo pequeño”, dice en “Los astros”. La gracia expresiva de la poeta consigue ya en ese primer conjunto comunicar la emoción en las insistentes evocaciones de la infancia:

Te quiero, ayer, mas sin nostalgia impura,
no por amor al polvo de mi vida,
sino porque tan sólo tú, pasado,
me entrarás en la luz definitiva.

Las presencias de Dante, de Sor Juana Inés de la Cruz, de José Martí orientan diversamente las reflexiones sobre la fugacidad y la muerte, sobre la realidad vivida y la soñada:

¡Oh, realidad, oh sueño que confías
en un sueño y te mueves
entre los mutilados ojos prisionera
sin quedar ni perderte!

El intimismo esencial de este primer ciclo establece un afán de autenticidad –“Solo procura/ que tu máscara sea verdadera”– a partir del cual el testimonio personal de la poeta amplía sus límites y sus tonos en la recopilación de Visitaciones (1970) con un buen número de poemas extensos como “En casa de Tallet”, que acoge la reflexión sobre el arte y sobre la esencia de la cubanidad, o como los dedicados a la poesía –“Homenaje a Keats”–, a muy diversos personajes, la serie sobre España, que culmina en un emotivo homenaje a Juan Ramón Jiménez, sin que falten en todos ellos ni la metapoesía –“venza el sentido/ claro sobre el oscuro pensamiento”– ni la intensidad intimista:

Estar, solo,
es ya el don. La tierra humedecida
desprende un vasto aliento. Todo es aire
y respirar inmenso.

La Habana del centro (1997), en fin, sigue ampliando el repertorio de motivos, perfila el universo cubano exterior y el secreto, tiende una emotiva serie a la remembranza de los poetas amigos, más el largo homenaje-elegía a Lezama y, entre otras series de homenajes –“De los humildes y de los héroes”– canciones, juegos verbales y poemas a la pintura –“Oda a Rembrandt y otros poemas”. Y, de la mano de un esencial vitalismo manifestado por ejemplo en “Oda a Anacreonte y otros poemas”, la exquisita ironía proporciona una luz especial a la poesía de la madurez de esta poeta. Se incluye en La Habana del centro el libro Créditos de Charlot, con su homenaje al cine mudo y algo más:

No es que le falte
el sonido,
es que tiene
el silencio.

De la mano de Milena Rodríguez esta antología de Fina García Marruz significa para el lector español el descubrimiento de una voz indispensable que sigue hallando “en lo escondido una extraña familia”. No dudo de que la publicación de esta antología por la editorial Pre-Textos haya contribuido a la concesión del premio de poesía Reina Sofía de este año. No se la pierdan.

Poemas de Màrius Torres

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Mi versión en castellano de varios poemas de Màrius Torres

ÚLTIMA ROSA

Bajo la lluvia erguida su carnación morada,
secreta, en el jardín clausurado y vacío,
desnuda en la olorosa miseria de su cuerpo,
desesperadamente, se abre la última rosa.

Alrededor todo es pudrición y reposo.
¿Quién ha hecho crecer en la rama pelada
el botón destinado a abrirse cuando llega
esa ciega estación que condena las flores?

Nadie te sabrá nunca, capullo de noviembre,
¿A qué viene tu heroica voluntad de brotar
Si el mundo entero es frío y hostil como el jardín?

-El azar desconoce caminos y semillas.
Es pesado su paso. Recorre muy despacio
caminos, sobre todo, que a ningún sitio llevan.

3 de octubre, 1938

SILENCIO DE JARDÍN

Si el silencio tuviese un alma, ¡ah qué dentro
de su cuerpo estaría. En noche de jardines,

encarnada en el círculo íntimo de una rosa,
sentiría los astros, tan lejos! Entreabierta,

viviría impaciente. Las sombras en los muros
de ciudades dormidas con vivientes oscuros

respirando la noche… Amanecer de miedo,
un horizonte rojo en que aguarda otro día

su tropel de rumores… Desengaño
de cada hoja de sombra que sueña con su brote

entre la luz y el árbol.. Y deshacerse, herida
por el agua que fluye o el pájaro que chilla,

con un sentido último de estimar el esfuerzo
de un aroma de rosa que llega hasta los muertos…

4 de diciembre de 1938

ARBOR MORTIS

Al punt que hom neix comença de morir
e morint creix, e creixent mor tot dia.
PERE MARCH

Dios, al primer latido del todo ser que nace
infunde dos semillas en un único barro:
la vida rumorosa que a cada instante escapa,
la muerte silenciosa que a cada instante crece.

En el cuarto más íntimo de nuestra existencia,
donde habitan tan sólo esperanza u horror,
el Árbol de la Muerte vive, interior, y crece
de cuanto se marchita de aquello que vivimos.

Cuando llega en tumulto el viento del destino
su ramaje, desnudo como esqueleto, vibra.
Árbol, en la sazón que sacarás de mí

abraza en tus raíces mi cuerpo fibra a fibra.
Extenderán tus hojas un reposo de sombra,
perfume de alma, áspero, trasminarán tus flores.

3 de enero, 1939

PEREGRINOS

Rehuiremos los templos donde otros peregrinos
se acercan al umbral del lugar en que habitas.
No queremos tu sombra, deseamos tu esencia,
Padre del infinito que está dentro de todos.

Que el corazón se lleve, que no va a resistirse
a encontrarte, invisible como aire de las sendas.
Término del destino: sabemos quiénes somos
y es en nuestra impotencia en donde te sentimos.

Sabemos que en el mundo a Ti no llegaremos-
Pero el impulso ardiente de fe que se nos lleva
lejos de los altares, los claustros y las aulas,

murmura en lo desnudo de nuestro templo íntimo
un himno que es un eco de tu silencio eterno.
-¡Tú, que estás más allá de las palabras nuestras!

21 de febrero, 1939

EL TEMPLO DE LA MUERTE

Como un pueblo de pájaros, hijos de eterna luz,
en el atrio del templo de un dios abandonado,
oh cuerpo mío, mi alma con sed de claridad
escruta lejanías que la vida gobierna,

y no dentro de ti, ese recinto triste
donde reina en lo oscuro que nos hiela los párpados
la Muerte, inmunda Muerte, que sirve en los altares
a un culto corrompido de ruinas y tinieblas.

La Muerte –los caminos que llegan hasta Dios
pasan bajo tus arcos, oh portal de misterio-.

Publicados en Palabras de la muerte, de Màrius Torres Edición de Txema Martínez y prólogo de Antonio Jiménez Millán
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Rosario Castellanos: Juegos de inteligencia,

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Rosario Castellanos, Juegos de inteligencia (Antología poética). Selección y prólogo de Amalia Bautista. Sevilla, Renacimiento, 2011. 180 págs.

Aunque parezca increíble, aún no se había publicado en España la poesía de la mexicana Rosario Castellanos (1925-1974), una de las mejores poetas latinoamericanas del siglo XX y, entre otras cosas, pionera del movimiento feminista en su país. Resulta un verdadero acontecimiento esta antología esencial preparada por Amalia Bautista, que acoge lo mejor de esta gran desconocida entre la mayoría de los lectores españoles.

Hija de terratenientes de Chiapas, Castellanos tuvo pronto, como señala la antóloga, “una conciencia clara de lo que significaba ser blanca frente a los indios y mujer frente a los hombres”. Fue promotora de muchas iniciativas culturales, profesora en la UNAM y en distintas universidades norteamericanas, tradujo a Emily Dickinson, Paul Claudel y Saint-John Perse, y fue, finalmente, embajadora de su país en Israel, donde murió de un accidente doméstico. Su trayectoria está marcada por dos preocupaciones esenciales vinculadas al conflictivo autoanálisis que configura toda su escritura: la cuestión indígena, que ocupa algunos de sus poemas pero que se desarrolla en los cuentos y en las novelas Balún Canán (1957) y Oficio de tinieblas (1962), y la denuncia del papel de la mujer en la sociedad de su tiempo, que protagoniza lo mejor de su poesía así como su tesis Sobre cultura femenina (1950), su teatro y ensayos como Mujer que sabe latín (1973), irónico título tomado del refrán que termina “ni encuentra marido ni tiene buen fin”.

En su trayectoria poética asistimos, como en su feminismo progresivo, a un proceso de descubrimiento de la propia voz, sin pudor y sin idealismo alguno, cada vez más desengañada e irónica. Aunque ya en las primeras entregas Apuntes para una declaración de fe y Trayectoria del polvo, de 1948 asoman los rasgos de un autoanálisis desolado en medio de la realidad contemporánea, el tono elevado y la carga retórica de un lenguaje convencionalmente poético están aún lejos de lo que será su expresión genuina, aunque ya apunten en germen la tentación del lenguaje directo, algunos momentos irónicos y la nota autobiográfica desolada en medio del mundo contemporáneo: “¡Qué cuidadosamente nos mentimos”. Con una cierta retórica elevada la conciencia del tiempo y la soledad y la angustia de la muerte protagonizan Trayectoria del polvo, de certero y expresivo título.

Tono y estilo se mantienen en el intimista De la vigilia estéril (1950) -en difícil equilibrio entre el amor y el desencanto, el dolor y la soledad- y en El rescate del mundo (1952), donde proyecta la reflexión sobre la realidad colectiva y los oficios aldeanos en poemas como “Oración del indio”, que se abre a la crítica desnuda de la realidad social mexicana. En Poemas (1957) el autoanálisis se abre a una cierta y eventual reflexión metafísica –“El resplandor del ser”– y destaca el primer monólogo dramático, “Lamentación de Dido”, técnica que será una de sus mejores armas retóricas en adelante, particularmente en sus memorables poemas de los años sesenta, ya a partir del “Monólogo de la extranjera”, de Al pie de la letra (1959), un libro donde, a pesar de la pervivencia en algunos poemas de la retórica del “lenguaje poético”, la autora ya ha encontrado su voz más genuina en la expresión de un aquí y un ahora más duro y directo, un nuevo cuestionamiento del yo, así como un expresivo sarcasmo en el tratamiento del tema de la hipocresía amorosa.

Tras la experimentación en el poema dramático con Salomé y Judith, en torno al tratamiento de la soledad y la muerte en dichas figuras femeninas, sarcasmo e ironía se vuelven dominantes desde Lívida luz (1960) ,hasta Materia memorable y En la tierra de en medio (1969) y en los poemas incluidos en Poesía no eres tú (1972), la edición de su poesía completa. Lívida luz, que se abre con una significativa cita de Simone Weil y está dedicado “a la memoria de mi hija”, es ya plenamente un libro de madurez en el que un eventual patetismo no resta potencia poética en el tratamiento de las figuras femeninas, particularmente en poemas como “El día inútil”, “Destino” y, sobre todo, “Jornada de la soltera”. Materia memorable es un libro poliédrico en el que se conjugan las narraciones alegóricas o el simbolismo mitológico de “Testamento de Hécuba”, la honda reflexión intimista de “Nocturno” y la ironía de poemas como “Recital”, el estupendo “Toma de conciencia” y otros como “Parábola de la inconstante”, “Última crónica” o el duro “Recordatorio”. El tratamiento del amor, el sarcasmo y el renovado autoanálisis ocupan plausiblemente las páginas de En la tierra de en medio, quizá lo mejor de la autora junto con los poemas sueltos de Poesía no eres tú.

En estos títulos de los 60 y 70 está lo más perdurable y modélico de la poesía de Castellanos: el lenguaje claro, impúdico, provocativo, irónico, sarcásticamente antisentimental que vehicula un autoanálisis crítico ampliado a lo colectivo mediante la polifonía femenina de poemas como “Toma de conciencia”, “Ajedrez”, “Economía doméstica”, “Valium 10” o “Kinsey report”, todos ellos incluidos en esta espléndida selección de Amalia Bautista que constituye, de verdad, una lectura obligada.

LA VICTORIA DE SAMOTRACIA

Avanza como avanzan los felices:
ingrávida, ligera, no tanto por las alas
cuanto porque es acéfala.

Una cabeza es siempre algo que tiene un peso:
la estructura del cráneo que es ósea y el propósito
siempre de mantenerla erguida, alerta.
Y lo que dentro guarda.

AJEDREZ

Porque éramos amigos y, a ratos, nos amábamos,
quizá para añadir otro interés
a los muchos que ya nos obligaban,
decidimos jugar juegos de inteligencia.

Pusimos un tablero enfrente de nosotros:
equitativo en piezas, en valores,
en posibilidad de movimientos.

Aprendimos las reglas, les juramos respeto
y empezó la partida.

Henos aquí hace un siglo, sentados, meditando
encarnizadamente
cómo dar el zarpazo último que aniquile
de modo inapelable, y para siempre, al otro.

María Victoria Atencia, El umbral. Valencia, Pre-Textos, 2011.48 págs.

María Victoria Atencia, El umbral. Valencia, Pre-Textos, 2011.48 págs.

Siempre fiel a sí misma, en cada nueva entrega María Victoria Atencia depura más y más su poesía. Tras la escritura hondamente elegíaca de su libro anterior, De pérdidas y adioses (2005), marcada por un creciente hermetismo y una renovada fusión de espiritualidad y sugerencia erótica, El umbral nos conduce con nuevo claroscuro hacia el territorio de una intimidad que se va matizando poema tras poema, que vela lo anecdótico en aras de un misterioso conocer por las palabras que, por cierto, parece enlazar con otras propuestas contemporáneas:

Me asomo hasta tu hondura, centro y brocal
de pozo sin respuesta,
con el recurso azul que va enseñándome
a hablarle a tu silencio

dice en el comienzo del poema “Nadie”. A esa relativa oscuridad contribuye lo breve de los poemas –de seis a diez versos–, encauzados siempre sobre la base del alejandrino y el endecasílabo y concretados mediante una variedad de imágenes visuales que buscan anclar el sentido de cada texto.

Casi atendiendo a las palabras clave del poema “A este lado del paraíso”, del libro anterior –“La vida puede –la vida perdurable–/ demorarse en la raya/ entre el vivir y el desvivirse lo que dura/ un instante”, los veinte textos de El umbral planean sobre esa divisoria de la conciencia poética para producir ese decir reflexivo lleno de plasticidad al que me refiero.

En la primera mitad del libro la conciencia eleva su vuelo a partir del simbolismo de las aves y de la flora de una naturaleza fuertemente sensorial. Así, esas aves de los cinco primeros poemas recuerdan la duración aún de “este hilo de vida en el que me sucedo”, e instalan también el espacio necesario de la desmemoria (“Los vencejos”) y proponen el instante sentimental (“Las palomas”) y un desdoblamiento que es a la vez entrega a la gracia y a la belleza superiores (“El ruiseñor”). La serie culmina en “Los pájaros” con una original comparación de sugerencia metapoética:

Los pájaros que eran
como una reflexión que mantuviese
suspensa de las alas su respuesta
(…)
Podría proponerles mi condición efímera
a cambio de la suya.

De los cinco poemas de tema floral que siguen, “El ramo” evoca con su sensorialidad la condición terrestre del yo y me recuerda los intensos versos de Antonio Machado “Algo que es tierra en nuestra carne siente/ la humedad del jardín como un halago”:

Supe de su raíz bajo el mantillo cuando
mi transitoria condición me soterró en el sueño
y llegó mi conciencia a sentir con el árbol
y dar sitio a su savia en mis venas.

El simbolismo ascendente de la palmera (“Destino”) y del lirio (“Testimonio”) materializa la “vocación de altura” y la “fe de vida” desde las que la protagonista, en “Granada”, se desdobla en una alegoría trascendente de dolor existencial. Culmina la serie en la “Rosa” simbólica de lo bello y su misterio, “el relámpago suspenso que en tu nombre se tiene”.

Los diez poemas finales abren la reflexión en el territorio de una intimidad que se apoya en retazos biográficos para ir tendiendo sobre el desasosiego la energía de un discurso amoroso cuyo plástico erotismo vemos desembocar en el terreno de un canto espiritual que es, en mi opinión, la clave última de El umbral:

Y yo te iba siguiendo y persiguiendo y te iba
rebañando los pasos para saber de ti.
De ti conmigo ya tan dentro de tus lindes
que el sol se enmohecía y ya no había
más luz que tú, y yo iba desdiciéndome
y me iba desviviendo y deshaciéndome
y te alcanzaba donde coincidíamos.

Algunos poemas más de Nicanor Parra

TRES POESÍAS

I
Ya no me queda nada por decir
Todo lo que tenía que decir
Ha sido dicho no sé cuántas veces.

II
He preguntado no sé cuántas veces
Pero nadie contesta mis preguntas.
Es absolutamente necesario
Que el abismo responda de una vez
Porque ya va quedando poco tiempo.

III
Sólo una cosa es clara:
Que la carne se llena de gusanos.

LA FORTUNA

La fortuna no ama a quien la ama:
Esta pequeña hoja de laurel
Ha llegado con años de retraso.
Cuando yo la quería
Para hacerme querer
Por una dama de labios morados
Me fue negada una y otra vez
Y me la dan ahora que estoy viejo.
Ahora que no me sirve de nada.

Ahora que no me sirve de nada
Me la arrojan al rostro
Casi
como
una
palada
de
tierra…

Un poema de Nicanor Parra, premio Cervantes 2011

CARTAS A UNA DESCONOCIDA

Cuando pasen los años, cuado pasen
Los años y el aire haya cavado un foso
Entre tu alma y la mía; cuando pasen los años
Y yo sólo sea un hombre que amó,
Un ser que se detuvo un instante frente a tus labios,
Un pobre hombre cansado de andar por los jardines,
¿Dónde estarás tú? ¡Dónde
Estarás, oh hija de mis besos!

Francisco Castaño, primer adiós.

Francisco Castaño
Francisco Castaño, Primer adiós del fauno. Madrid, Hiperión, 2010.

Como no podía ser de otra manera en una poesía tan unitaria y coherente como la de Francisco Castaño (Salamanca, 1951), este Primer adiós del fauno recupera en buena parte la diversidad de tonos, modos y referentes de la decena de libros escritos por el poeta a lo largo de un cuarto de siglo, desde aquel Breve esplendor de mal distinta lumbre (1985) que, tras su gongorino título y con sorprendente dominio formal y buenas dosis de humor, desplegaba un amplio homenaje a la poesía de todos los tiempos. Las voces de Garcilaso y Quevedo, y también las de Mallarmé, Valéry o Jorge Guillén, entre tantos otros desde los clásicos latinos a los poetas del cincuenta, venían a ser reescritas y glosadas como tributo a una fe esencial en la poesía, en “el invento/ De la palabra: forma de experiencia/ Y de conocimiento”, como rezaba el poema “El decorado y la naturaleza”.
Dicho título sería luego el del segundo libro de Castaño, El decorado y la naturaleza (1987), que, con mayor amplitud de referentes, profundizaba en la personal expresión de un pensamiento a la vez jubiloso y elegíaco que la intertextualidad, la reescritura y la maestría métrica velaban y distanciaban lo justo. Es el caso de la baudelairiana pero emocionante, por sobria y por intensa, dedicatoria al fallecido poeta y amigo Aníbal Núñez: “A la memoria/ de/ ANÍBAL NÚÑEZ/ implacable lector, piadoso amigo/ que orientó con sagaz delicadeza/ mis versos balbucientes/ cuando en mi adolescencia fui partícipe/ de su exceso de luz.// Con el mismo deseo y entusiasmo/ de seguir siendo fiel a su exigencia”. A la memoria de Aníbal Núñez dedicaría Castaño, sin necesidad de citar su nombre y diez años más tarde, en 1997, uno de sus libros más intensos y emocionados, Dentro del corazón de la memoria, que, como señaló en su momento Víctor García de la Concha, desarrollaba “con tensa elaboración intelectual” un “diálogo secreto” y a solas con el amigo muerto: “Amicitiae sanctum et venerabile nomen”, reza el colofón con verso ovidiano.
A partir de los dos libros iniciales, con su carga de citas, parodias y exhibición de maestría técnica, los temas esenciales van modulando la corriente del pensar poético de Francisco Castaño hasta esta inicial despedida de su personaje, ese “fauno” sentimental y goliárdico que, a partir de la lectura de Mallarmé, ha tomado la palabra desde El fauno en cuarentena (1993). Evidente y decisiva en toda la trayectoria del autor es la continuada consagración de la poesía –duradera y tal vez principal supervivencia de las ilusiones juveniles– que se hace explícita desde el primer momento y que sustenta la cita mallarmeana “Tout, au monde, existe pour aboutir à un livre”. El discurso metapoético ha ido fluyendo y explicándose al hilo de la escritura de cada libro como ingrediente clave y justificación posmoderna de una reescritura que revive en su provecho y con alarde de maestría las formas clásicas ya revividas por las poéticas de nuestra modernidad: la música de los versos tradicionales, la décima guilleniana, el soneto, la epístola en tercetos, etc., así como los juegos de rima cuyas sorpresas fulgurantes exhiben a menudo la teatralidad de unos ejercicios que, sin embargo, ahondan en lo que importa al autor: el tributo a la poesía, los claroscuros de la existencia y los afectos.
“Y de nada nos sirve que sepamos nadar/ Cuando se quedan solos el corazón y el mar”, dice Castaño en el primer poema de Libro de las maldades (1992), preludio en cierto modo de El fauno en cuarentena. Y, ciertamente, poco más que alarde formalista sería toda esta escritura sin lo convincente y compartible de una aguda conciencia elegíaca del tiempo que, aun revestida de numerosas citas y guiños al lector implicado, abre ventanas a una intimidad que no busca ocultarse, que se rubrica en el poema final del primer libro –“para ti, fiel espejo en el que veo/ Mi realidad de sombra fugitiva/ Y la fugacidad de mi deseo”– y que con frecuencia van jalonando las referencias del autor a sus edades sucesivas, ya en “El poeta al cumplir los treinta y cinco años”, de El decorado y la naturaleza, y más tarde en el desarrollo argumental de El fauno en cuarentena y en este “primer adiós”.
A esa expresión de un vivir conflictivo en la realidad le aporta su intensidad decisiva el amor, otro de los temas principales en la poesía de Castaño. Sin duda, los afectos y la amistad son elemento central en cada libro: baste recorrer la nutrida serie de dedicatorias y, entre tantos nombres, dos imprescindibles: el de Aníbal Núñez y el de otro amigo entrañable, Paco Novelty, destinatarios ambos de destacadas composiciones a lo largo de la obra toda. Pero el protagonista explícito es el amor erótico, también el que recibe un tratamiento más complejo, más matizado y más intenso en los libros sucesivos. Si entre bromas y veras lo trata un poema chispeante como “En el anonimato del poema”, de Breve esplendor de mal distinta lumbre, posteriormente Fragmentos de un discurso enamorado (1990), –con su secuela de Corazón alfabético (2003)–, constituye un destacado cancionero amoroso y es uno de los libros clave en la consolidación de la escritura de Francisco Castaño. Más allá de los ecos de la tradición del amor, desde Garcilaso y los poetas del Siglo de Oro a los contemporáneos, el análisis pormenorizado de las alternativas del sentimiento pasa a primer término con una delicadeza y un efecto de verdad que dejan en segundo término metapoesía e intertextualidad para acercarnos a una palabra amorosa de versos memorables a la que el carácter fragmentario del libro dota de actualidad y lo convierte en diario sentimental que fluye por diversos escenarios y paisajes, incluida una Venecia nada novísima, por cierto.
La reconsideración del amor y del erotismo planteada desde la perspectiva del desamor es el tema clave de la recapitulación existencial de Primer adiós del fauno. Igualmente, la línea satírica del Libro de las maldades adensa con variedad de motivos la autocaricatura del autor y, con ella, la mirada a la vez escéptica y vitalista sobre la realidad de un tiempo compartido que es la clave de El fauno en cuarentena y de los libros sucesivos El hallazgo y la espera (2005), Avisos y cautelas (2008) y este Primer adiós del fauno, que amplían, matizan y consolidan la personalísima poética de Francisco Castaño. En esta línea la figura protagonista de El fauno en cuarentena es uno de los grandes hallazgos del autor. Castaño, que culminaría en 2003 su excelente traducción de la poesía de Mallarmé, se apropia a su manera del fauno mallarmeano, lo despierta de su siesta y, de nuevo “ávido de ebriedad”, lo lleva a establecer definitivamente el territorio de una biografía en la que los renovados alardes métricos y la nutridísima intertextualidad propician, entre parodias, homenajes y sátiras de todo tipo, el recuento de la experiencia de este maduro ingenioso y afrancesado que combina recuerdos de mocedad, amores y lecturas con un esencial desengaño irónico acerca de la realidad y sus apariencias, de la educación sentimental, las trampas del pensamiento y las falacias del amor, todo lo cual, sin embargo, continúa dando energía a una voz y una escritura cuyo largo aliento se mantiene tan fresco como al tanto: “Y si todo está dicho ¿de qué modo/ Será posible repetirlo todo/ Del decorado y la naturaleza?// Pero nada está dicho todavía/ Mientras dudemos al romper el día/ Si es la vida o el sueño lo que empieza”.
Así como El fauno en cuarentena supone el planteamiento argumental de una primera “composición de lugar” del protagonista poético, en este Primer adiós del fauno el autor se para nuevamente “a contemplar su estado” cerca de dos décadas después para constatar el deterioro, el desengaño y la continuidad de un afán vitalista que es, en última instancia, lo que la poesía toda del autor logra comunicarnos. Dividido en cinco secciones simétricas más un “Prélude” y un “Epílogo”, el lector iniciado de Francisco Castaño reconoce la fidelidad a composición, formas, tonos y temas así como a la voz de un fauno al que el tiempo no ha hecho sino crecer en sabiduría, esto es en desengaño, en tenacidad de resistente y también en extrañeza: “Y que la única certeza/ Que me queda de verdad/ Sigue siendo la extrañeza”.
El “Prélude” es un soneto de alejandrinos, en francés –como muchos títulos del libro–, dirigido al lector con guiño a Baudelaire y jugando con el verso mallarmeano La chair est triste, helás!, et j’ai lu tous les livres. Para contradecirlo, como corresponde al corazón faunesco del poeta y para glosar sus propios títulos al hilo de una melancólica consideración del tiempo y el amor que pasan, pero afirmando su “imposible quimera”: “L’homme n’est pas méchant ni la femme éphémère”. La pauta marcada en este preludio tiñe el conjunto de un tono distinto, más oscuro y más amargo, de manera acorde con el sentido de primera despedida que el título anuncia y que establecen los irónicos poemas simétricos que abren y cierran la sección primera, “Un faune entre chien et loup”, con la imposible pareja realidad/deseo, entre los espejismos y las trampas del amor: “Cada vez que volvemos/ A enamorarnos,/ Realidad y deseo/ Van de la mano.// Pero enseguida/ Lo que el uno le dice/ La otra lo olvida”.
Los nueve poemas de esta sección trazan una primera reflexión sobre el desengaño del amor. En ellos ya el recurso al guiño intertextual y al juego verbal intervienen refrenando en parte el dolorido sentir de un personaje que confiesa que “Con la edad son más largos los lamentos,/ más seguro el azar”. Los dos títulos de Pedro Salinas cifran la alusión al final de una historia de amor que, en “Les vrais limites d’un faune”, la décima a lo francés característica de Jorge Guillén declara con su rotundidad: “Sabes que a decir verdad/ Cualquier ternura perdida/ Duele más que el desengaño./ Y que el miedo hace más daño/ que una regalada herida”. Dolor y desengaño que la conciencia de la edad acentúa y ante los cuales el voluntarismo es una precaria forma de defensa y la ironía un penoso desahogo que las formas cerradas del soneto y de la décima o que dulcifican guiños como este al Neruda joven: “Los de entonces hoy somos dos extraños,/ Y aunque nos dé cobijo algún poema,/ No son los mismos nuestros desengaños”. Dos poemas introducen el humor satírico: “Morphologie du Conte en Faune” y “A Room of One’s Own”, con sintomática alusión al título de Virginia Woolf: “Yo conozco a una mujer/ Con una habitación propia/ Y en ella o está en la inopia/ O está sin llegar a ser,/ Sólo atenta a parecer,/ Absorta en su onfaloscopia”. Concluyendo, “De la Ténacité d’un Faune” ironiza sobre el envejecer –“a veces estoy lento de reflejos”– y sobre la esforzada supervivencia de las ilusiones sentimentales: “… volver con renovados bríos/ A mis muchos y amenos desvaríos”.
Dos secciones simétricas despliegan el análisis del desamor y de una desengañada resistencia en treinta y tres breves poemas cada una. La primera se titula, significativamente, “Fragmentos de un discurso escarmentado” y esa condición nueva del discurso contrasta, obviamente, con el ardor sentimental de Fragmentos de un discurso enamorado y Corazón alfabético. Recordar a Garcilaso también sirve ahora para establecer la pauta del “dolorido sentir”, como reza la cita que abre dicho decir escarmentado: “Entonces yo sentíme salteado/ de una vergüenza libre y generosa;/ corríme gravemente que una cosa/ tan sin razón hubiese así pasado”. Escribir es aquí apenas “placebo/ Cuando es verdad que la memoria duele” y la literatura, último recurso, permite echar razón y cordura sobre la podredumbre del amor, al tiempo que el solitario fauno recupera con humor la autosuficiencia erótica ya declarada en otros momentos: “amo mucho mejor cuando estoy solo”.
Entre algún divertimento en francés y diversas conclusiones morales, alguna de aire machadiano –“No pocas veces la verdad es esta:/ Que casi nada vale lo que cuesta”–, es el registro satírico el que protagoniza esta sección. Por más que nuestro fauno declare no tener un “vengativo corazón” no es escasa la dosis de sarcasmo que entre alusiones literarias despliegan estos fragmentos al hilo de la reflexión sobre el tiempo, que “todo lo tritura y muele” y que termina también desvelando la condición del personaje de una ex-amada: es a esta figura femenina a la que remite un variado repertorio satírico que no deja resquicio: la fuerza destructiva del rencor, el parloteo rancio, los reproches, la soberbia, el desdén, la vanidad: “Intentaré colmar su vanidad/ –Aunque sepa muy bien que es infinita–:/ Hubo un tiempo en que casi lo consigue,/ Casi logró que odiara mi alegría”. La conclusión compensa, relativamente, aunque el extenso repertorio haya fundamentado suficientemente el calado del desengaño: “Ella acaso no sabe lo que pierde,/ Pero yo sí que sé de qué me libro”.
Como en las secciones primera y última, nueve poemas componen la tercera, “Les feuilles mortes de l’avril d’un faune”, eje estructural del libro. También como en sus simétricas, los sonetos, décimas, seguidillas o tercetos diversifican los ritmos y los tonos. Como alternativa al humorismo ácido de los fragmentos anteriores, Castaño despliega aquí otras confesiones algo más luminosas y alegres. “L’Impasse Sentimental d’un Faune” saca fuerzas de flaqueza en el atasco afectivo del yo –“Sueño con unas y con otras follo”– y en su conversión a poesía: “Condenado a rimar lo que no entiendo/ Voy entre polvo y paja sonriendo”. En esta tesitura distinta varios núcleos temáticos vienen a compensar el discurso escarmentado: en primer lugar las figuras de la amistad, en forma de dedicatorias y en un breve poema, “L’Aube d’un Faune”, glosa del refrán “A enemigo que huye, puente de plata”: “Cuando se va un amigo,/ Que crezca el agua.// Y que los puentes/ Los arrastre en su furia/ Por que se quede”. Más destacadamente subraya la perduración de la amistad el soneto “Le Locus Amoenus d’un Faune”, donde Castaño evoca una vez más su espacio sagrado, el salmantino Café Novelty, “donde tuvo un día/ Sede también la Arcadia. Y la Utopía”.
Un breve poema, “Du Crépuscule de L’Aube”, de inequívoca raigambre guilleniana y, en otro sentido, baudeleriana, viene a trazar un plácido y armónico escenario natural para este otro ámbito del libro en el que no tienen cabida ni rencores ni venganzas: “La mañana realza/ Su silueta precisa.// La luz anda descalza/ Al compás de la brisa.// Y el rocío, que alfombra/ El jardín que se irisa/ Mientras cede la sombra.// Amanece sin prisa”. En simetría, tras el poema central, y también recordándonos a Baudelaire, el titulado “Au Crépuscule du Soir”, recuerda “que la única certeza/ Que me queda de verdad./ Sigue siendo la extrañeza.// Y que todo es vanidad”. “L’Aube d’un Faune” complementa luego estas composiciones con un renacer del deseo en la mañana simbólica “que ofrece nuevos tactos/ A la mirada”.
En el centro de la sección y del libro, y yo diría también que del corazón del fauno, el extenso poema en tercetos y en francés “Dans l’an vingtième de mo Âge (Vingt ans après)” traza un recorrido por los libros y el París de la juventud que han conformado lo esencial de una experiencia vital e intelectual de juventud que es, al fin y al cabo, la del poeta. Los libros se releen y la ciudad que uno lleva en el interior no cambia aunque se transforme la real. El guiño a los primeros versos de “Le Testament” de François Villon da título y tono a esta evocación presidida por sendas citas de Mallarmé y Baudelaire alusivas a los libros y a París, y sembrada de paráfrasis o citas directas de ciertos versos queridos de los autores favoritos de Castaño. La nostalgia de la juventud, el amor a la lengua francesa –“Moi, j’aurais bien voulu ourdir un lai/ Pour demeurer dans leur littérature”–, la continuidad, en fin, de un calor amigo que conforta en la compañía de los viejos libros.
En esta primera despedida del fauno el objeto central del libro alcanza a serlo sin duda el homenaje a la literatura y a la lengua francesa, por más que el desengaño de amor parezca dominar el conjunto antes y después de esta sección. Y es que, en efecto, los treinta y tres breves poemas de la siguiente, “Des carnets d’un faune”, no escasean en sarcasmos ni en reflexiones desengañadas, aunque se escribe menos del desamor que del paso del tiempo, de la soledad y de los autoengaños. Los juegos intertextuales vienen de nuevo a establecer distancia entre la oscuridad de fondo y lo brillante de sus formulaciones: Salinas, Cernuda, Cervantes, Borges, entre otros, brindan sus versos para la pirueta ingeniosa del poeta: “La edad es como un espejo/ Que duplica la distancia/ De realidad a deseo”. Pese a algunas reincidencias en la sátira sentimental lo que destaca ante todo es el trazado en claroscuro de un balance provisional en el que el pensamiento abstracto desengaña –“He dado en pensar que acaso/ La verdad del corazón/ Que el tiempo narra a su paso/ Es ficción de una ficción”– y la memoria sensorial compensa, aunque tan sólo sea en la escritura: “Que el tiempo o la escritura me devuelvan/ Aquel antiguo olor a heno cortado/ Tras la lluvia estival, como en Baviera,/ En Stamberg, desnudos junto al lago”.
Junto a algunas de las reflexiones más sombrías del conjunto, sin embargo, se afirma con cierto humor la resistencia a la intemperie de la edad y al desengaño del corazón. Reacio a despedirse, el fauno afirma que “No existe soledad para el que espera”, y fía una y otra vez la esperanza al azar: “No es un destino lo que nos dirige./ Sino un azar, que sopla donde quiere./ Todo consiste en orientar las velas/ Cuando el azar arrecie”. Por eso el último de estos poemas, “Le non regret d’un faune”, desviándose de la alusión a Borges y recordando a Garcilaso, concluye con orgullo y levantando el tono: “Yo, que acaso no he sido más que un hombre,/ Lo he sido en la palabra en donde ardía./ Me bastó para ser mi solo nombre./ La sola luz del corazón por guía”. Ser en la palabra: compensación definitiva, consuelo de la poesía, orgullo del poeta.
Con la invocación a la sensatez a que obliga la cercanía al invierno de la vida, los nueve poemas de “L’arrière-saison de la sagesse d’un faune” dejan atrás sátiras y amarguras varias y desde el más luminoso tono de este fauno que se resiste a envejecer nos ofrecen el final de una despedida dedicada a la poesía y a la amistad, valores menos precarios que los del amor, según el fauno. El homenaje a la poesía, y con ella, al vitalismo esencial, lo componen los poemas que abren y cierran el conjunto, sendas traducciones de Catulo y Horacio. La primera encaja muy plausiblemente en los moldes del soneto el poema “Viuamus, mea Lesbia, atque amemus” y está dedicado “Para los jóvenes de entonces”. La segunda, la oda XI de Horacio, en una bastante fiel versión de ese carpe diem que concluye reafirmando el valor del presente. Ambos poemas, como el resto, son, en realidad dedicatorias a amigos y poetas. En todos ellos el valor que se salva de uno a otro es no sólo el fundamental de la amistad que los nombres inscritos certifican, sino también el de su fluir circunstanciado en relación que salva lo esencial para seguir reviviéndolo y darle fe como un “fausto futuro que fue ayer” cuando el poeta, ya “viejo fauno junto al fuego” no pierda ni el humor ni el deseo de seguir.
El “Epílogo”, soneto sobre un verso de “L’Ignorant”, de Philippe Jaccottet –“Plus je vieillis et plus je crois en ignorance”– y con guiño final a Jaime Gil de Biedma, remata espléndidamente el conjunto con una serena despedida y una dosis de humor, genuinamente propia, al tiempo que subraya una vez más la fusión de vida y poesía con la insistencia inicial en ese designio de hacerse palabra que es la constante poética de Francisco Castaño: “…crecer en ignorancia/ Hasta el final alivio del olvido.// Envejecer, morir, no me dan miedo/ –Espero que tampoco repugnancia–/ Estos versos dirán –o no– si he sido”.

Luis Alberto de Cuenca, El reino blanco. Colección Palabra de Honor, Visor, Madrid, 2010.

El reino blanco
Luis Alberto de Cuenca, El reino blanco. Colección Palabra de Honor, Visor, Madrid, 2010. 160 págs.

Publicado en la lujosa colección Palabra de Honor, que dirigen Luis García Montero y Chus Visor e ilustra Juan Vida, El reino blanco es un libro mayor en la ya extensa trayectoria de Luis Alberto de Cuenca. Las diez secciones en que se distribuyen sus noventa poemas acogen todos los registros, los temas y los mitos personales del poeta a una luz más contrastada, con cierta tensión mayor entre sus diferentes tonos. La metáfora del reino blanco que le brinda Marcel Schwob reitera la fe en la otra realidad secreta que sólo mediante la poesía puede entreverse desde este lado de la vida a secas, el engañoso, el oscuro, ese que cifran los dos epígrafes que abren el libro –“Fice el bien e fize el mal,/ fice guerra e fice amor;/ ove de ver al final/ que todo, todo, es igual:/ engaño e dolor, dolor”, dice esta sospechosa quintilla. Y a partir de aquí una matizada serie de contrastes entre ilusión y desengaño, ideal y tedio, deseo y temporalidad va creando ante nuestros ojos la tensión especial de El reino blanco –“Contra el tiempo de la muerte, a favor de la vida y del verano”–, sostenida por cuanto de cultura vivida enriquece y fundamenta buena parte de la reflexión existencial del autor desde los orígenes de su poesía.
Con toques de humor surrealista, varios poemas en prosa y en verso establecen en “Sueños” ese ámbito de extrañamiento onírico frecuente en la poesía del autor y, con guiños freudianos y literarios, sitúan sus apariciones y diálogos absurdos en páginas memorables como “Sueño de mi padre” y, sobre todo, “La maleta perdida”. En “Hojas de otoño”, una de las secciones que prefiero, de nuevo extrañamiento y diálogos imposibles se combinan con oscuras reflexiones existenciales que el recurso al prosaísmo o el toque irónico distancian relativamente. Así, “Lo que somos”, “Donde habite el olvido” o “Qué es lo que puedo hacer” constatan diversamente lo que cifran los pareados finales del manuelmachadiano “Letanía”: (Bien mirado, tampoco es tan grave la cosa:/ ya sabemos que todo en la vida es derrota,// caminar por un puente que lleva a la renuncia,/ enjugarse las lágrimas y comerse la angustia)”. Concretando mucho más su motivo, “La maltratada” rinde tributo a un asunto de actualidad candente.
Con su carácter de divertimento, los poemas de “Puertas y paisajes” y las cinco “Seguidillas fetichistas” introducen un cambio brusco de tema y tono al abordar el erotismo desde una intensidad mayor que nunca en la poesía de Luis Alberto de Cuenca, tan rica en elementos eróticos desde siempre. La diversa celebración del cuerpo femenino y sus paisajes, con los correspondientes guiños al mundo clásico, se alía a la fascinación por los tacones infinitos, al “Elogio del sujetador” o, en varias seguidillas, al fetichismo de los pies, con esa dosis de buen humor que el poeta aplica también a unos haikus de variado humor, algunos memorables: “Tú eres mi faro./ Y tú tienes la culpa/ de mis naufragios”.
En el centro justo del libro, el “Tríptico de Foxá” es a la vez un homenaje al escritor y una defensa de la poética de línea clara que mantiene Luis Alberto de Cuenca. Si en Cui-Ping-Sing elogia “la serenata/ de emoción y temblor que es la existencia/ humana, el quid de la literatura”, en El almendro y la espada se define: “Porque la poesía no ha de ser un tedioso/ festín esencialista e incomprensible para/ los miembros de una secta, sino una fiesta alegre/ y comunicativa donde quepamos todos/ los hombres y mujeres del planeta”.
“Caprichos” y “Homenajes” contienen poemas que son puro Luis Alberto de Cuenca. Pululan por ellos voces varias, historias de amores extraños, múltiples referentes culturalistas y todo ello en ese territorio que funde sueños y realidad extrañada, como en el sugerente “Mujeres en ninguna parte”. Los “Homenajes” lo son, desde la emoción y el agradecimiento, a tantos libros y a tantos personajes literarios, como en los dodecasílabos de “Juntos” o en los bellos pareados de “Shakespeare y Rita”: “De Shakespeare aprendí que todo son palabras./ De mi primer amor, que todo vale nada”. Por su parte “El cuervo” recrea con fantástica originalidad y en versos narrativos la experiencia y lectura de “The Raven”.
Más intimistas, emocionantes, las secciones finales, “Recuerdos” y “Paseo vespertino”, recuperan, en pos del “yo perdido”, visiones infantiles, lecturas e ilusiones, como en “Carta a los Reyes Magos” o “Vieja fotografía con tebeo”, y se contrastan con cuanto impone la conciencia de la edad, por más que en “Búscala” se reafirme la fe en la Diosa Blanca de la poesía, la necesaria búsqueda más allá de la evidencia, “por el camino hacia ninguna parte,/ por el desierto helado el silencio,/ por las calles vacías del olvido”. Un libro mayor y memorable en el que alienta todo el mundo del autor con sus contrastes, su abigarrado mundo de referentes, su capacidad de hacernos cómplices, de divertirnos y de emocionarnos.

Antonio Jiménez Millán, Inventario del desorden

Antonio Jiménez Millán, Inventario del desorden. XXIV Premio Ciudad de Melilla, Madrid, Visor, 2003.
Antonio Jiménez Millán

Con los años la poesía de Antonio Jiménez Millán se vuelve sobre sí misma cada vez más sabia, más descarnada, menos complaciente con el lector y con su propio personaje. Implacable composición de lugar, Inventario del desorden (1994-2002) lleva a una gran complejidad ética y estética la indagación en la conciencia y en la memoria que el poeta ha desarrollado desde sus primeros libros y de manera destacada en Ventanas sobre el bosque (1987) y Casa invadida (1995), todos ellos reunidos antológicamente en la segunda edición de La mirada infiel (2000).
Desde otra edad, cuando ya se ha doblado el cabo de las últimas ilusiones, la inteligencia exige al protagonista de estos poemas un ejercicio de recelo frente a la conciencia emocional y frente a los propios presupuestos intelectuales, única forma de resistencia a la presión del tiempo y de la Historia. A todo ello se aplica cuidadosamente Jiménez Millán a lo largo de las distintas secciones de este libro fascinante en coherencia y en aciertos expresivos.
El mismo título presenta en su misma cualidad aparentemente paradójica la perspectiva de extrañamiento desde la que el poeta aborda el sentido de su presente –que es el verdadero centro del balance moral de estos poemas– a partir de una muy variada reflexión sobre el tiempo, la memoria, las complejidades del sentir, los espacios vividos, la Historia colectiva y ciertos referentes culturales que jalonan su personal educación sentimental e ideológica. El desorden es, en palabras del poeta, “una metáfora de la vida, de la fragmentación de la vida” y así el inventario lo constituye la forma especial de establecer mediaciones de sentido desde el extrañamiento de la conciencia por y para la escritura de los poemas, por borrosos que resulten, necesariamente, los límites y las conexiones entre las diferentes instancias del pensamiento estético que subyace a tantas representaciones y figuras.
La calculada arquitectura del libro propone un método adecuado para la confrontación con esos contenidos de la conciencia: dos poemas extensos, dedicados respectivamente a muy diferentes evocaciones de las figuras del padre y de la madre, enmarcan las tres partes centrales en las que se despliegan los distintos motivos al tiempo que sitúan las señas de identidad –históricas, afectivas, analíticas– de la voz poética.
“Dominio de la herrumbre”, el primero, es un denso e impresionante poema que ya sitúa en las primeras páginas del libro los procedimientos poéticos del conjunto. En varios tiempos sucesivos –un amanecer frío y borroso, una tarde de junio, un sol de invierno–, despliega la evocación emocionada del padre desde la distancia ideológica, y formula también, a la par, un juicio lúcido a la opresiva realidad española de la posguerra. “…Un sentimiento ambiguo,/ un amor que no excluye la distancia,/ así, en la intimidad, que es el lugar de la contradicción”: desde una edad semejante a la del padre en el recuerdo, el poeta se dirige a su figura fantasmal para ir perfilando las caras de un sentimiento complejo en el que se mezclan la nostalgia de los días infantiles, la dificultad de enfrentarse a las viejas fotografías, las instantáneas vertiginosas del cine y de la guerra civil, de las calles de la Granada de los años cincuenta, el rechazo de unos valores que sólo dieron lugar al dolor y a la mentira, todo aquello, en fin, que se resiste a un balance suficiente, a una forma de pacto entre la melancolía y la certeza –y que luego se despliega en las distintas secciones del libro–: “Y por última vez quisiera preguntarte/ cómo nombrar un mundo que no existe,/ como explicar ahora este desorden”.
Más tierno, más emocionante pero también más sombrío en la consideración del tiempo con que culmina el libro todo, “Desde una biblioteca antigua” está dedicado a la madre, bibliotecaria de la Facultad de Letras de Granada. El niño que jugaba en el patio del Palacio de las Columnas reconoce, mucho tiempo después, la escritura materna en las fichas de la biblioteca –“caligrafía del pasado/ que me habla desde el fondo de mí mismo”– y reconoce también con delicada sensorialidad y con honda melancolía la imposibilidad de recuperar las sensaciones de aquel tiempo, perdidas en una ciudad “que ya no existe”: “Por las aulas desiertas,/ por los viejos pasillos ya sin nadie,/ un aire de solemnidad vencida/ me recuerda/ cómo cambia el paisaje de los sueños/ y cómo va acercándose la muerte hacia nosotros”.
Las tres secciones interiores despliegan los territorios del inventario íntimo. “Calma aparente” sitúa en un nivel de mayor abstracción la reflexión sobre el tiempo convertido en escenario sobre el que actúan unos fantasmagóricos personajes, figuras infieles de la memoria personal que superpone capas de tiempo sobre la conciencia de un presente amenazado por el desengaño: “Busca sólo el final del laberinto,/ unas líneas de luz contra la muerte”. Como claves de la dificultad de todo ejercicio de distanciamiento de uno mismo, estos poemas misteriosos y melancólicos establecen las bases para el despojamiento de los rituales de miedo y de costumbre que lastran la conciencia: “Ahora puedes abrir los ventanales,/ saber que el tiempo tiene otro sentido/ más allá de la prisa y del asfalto/ y a veces se revela/ como una llama oculta que incendiara/ el silencio de las habitaciones”. Asumen también, coherentes con la poética de clarificación que se ha establecido desde el comienzo, una crítica del lenguaje poético que implica también una opción moral: “olvídate de imágenes oscuras,/ de palabras arcaicas como ritos sórdidos,/ esos falsos prodigios del lenguaje”.
“El azar y el miedo”, centro de Inventario del desorden, constituye la parte más sombría del libro y también la que proporciona más lúcidas enseñanzas sobre la intimidad y la Historia. Como señala emblemáticamente el título, sus ocho poemas componen un “breve inventario del miedo y del absurdo” que se abre desde el análisis dramático de la experiencia íntima –“Acaban de expulsarte del infierno./ Procura no volver”– hacia un mosaico de figuras (Ensor, Ginsberg, Orwell, la emocionante elegía por Javier Egea) que fijan otros tantas dolorosas constancias históricas inseparables de la experiencia íntima: el desengaño de la vida colectiva, el fracaso de los ideales, la inanidad cotidiana, el dominio de la muerte. Son poemas que amplifican la crítica histórica entrañada en “Dominio de la herrumbre” y que culminan, en el poema que da título a esta parte, los últimos aprendizajes morales en medio del desorden: “Y piensa que tu vida puede ser/ un segundo de más, un paso en falso,/ ese breve paréntesis de tiempo/ que media entre la nada y la costumbre,/ entre el cielo tranquilo y la tormenta/ que arrasa todo. Tú ya lo comprobaste:/ el miedo y el azar son algo más que símbolos/ de lo desconocido”.
En “Fábulas”, finalmente, se combinan en claroscuro distintas facetas del inventario abierto en el espacio crítico de este libro. Siempre contrapuestos presente y memoria, el poeta evoca con tonos sarcásticos una sórdida calle de Granada que ya forma parte del pasado íntimo y colectivo, despliega historias de pesadillas y abdicaciones que representan nebulosamente otros tiempos de la propia experiencia que quedaron al margen, y confronta el desasosiego de la conciencia íntima con la inocencia de unos ojos infantiles sin pasado, que hablan a la vez de la relatividad de todas las certezas y de la conciencia necesaria de la fugacidad, cuya sobria parábola se despliega en la reflexión sentimental de “El balneario”, en los poemas en prosa de “El pasajero”, en la emocionante escritura de la vida en tránsito por el simulacro torpe de los días (“Fábula y despedida”), por andenes, ciudades –siempre París en el recuerdo–, cuadros (Hopper) o películas como “El extraño”, a la vez homenaje a Orson Welles y al cine y reafirmación última de la poética histórica de Jiménez Millán: “Encumbrada a lo más alto de la torre, la muerte espera en las agujas de un reloj. No existe la inocencia en el lenguaje”. Fiel a sus orígenes y a sí mismo, dando una vuelta de tuerca a toda su trayectoria, sin concesiones, sin máscaras innecesarias ni vanidades estéticas, Antonio Jiménez Millán ha alcanzado con Inventario del desorden, su mejor libro hasta la fecha, unos niveles de exigencia y de lucidez que lo sitúan entre los poetas más destacados de su generación y de la poesía española de estos años.

La poesía de Pere Rovira

Pere Rovira, Poesía (1979-2004). Barcelona, DVD, 2011. 254 págs.
Pere Rovira
La publicación en castellano de la obra poética de Pere Rovira constituye una magnífica ocasión para que el lector no catalán pueda apreciar la hondura y la riqueza de matices de uno de los poetas principales de la literatura catalana de las últimas décadas. En versiones que cuentan con nombres tan prestigiosos como los de José Agustín Goytisolo, Antonio Jiménez Millán, Carlos Marzal, Vicente Gallego o Celina Alegre, entre otros, la presente edición bilingüe acoge los cuatro libros centrales de la producción del autor: Distancias (1981), Cartas marcadas (1988), La vida en plural (1996) y El mar de dentro (2003).

Como fruto del diálogo exigente con su propia obra, Rovira ha corregido y eliminado: “Hacerme trampas sería hacérselas a los otros lectores. Procurando evitarlo, he preparado esta edición de mis poemas corrigiendo bastantes de ellos y suprimiendo los que he considerado innecesarios”, dice en el “Prólogo”. Nos encontramos, así, con cuatro capítulos de lo que podría considerarse una “vida poética” construida desde la conciencia de que la poesía es, antes que nada y como condición para su eficacia estética y moral, una “cuestión de palabras” que atiende circunstanciada y reflexivamente a la experiencia de lo real: “Lo que cuenta no es lo que la poesía puede cambiar o recuperar de las cosas vividas, que es poco, sino cómo va configurándote a ti mismo”.

El hilo conductor de toda la poesía de Pere Rovira desde los primeros poemas de La segona persona (1979), no incluidos aquí, hasta el recentísimo Contra la mort (Proa, 2011), aparecido casi a la vez que esta edición, es la experiencia del amor sometido a las presiones de la temporalidad, intensamente vivido en presente y pensado en futuro, con todos los claroscuros que la conciencia de la caducidad y de la muerte va introduciendo en las edades de un protagonista poético tan vitalista como lúcido, tan apasionado como consciente de su entidad literaria. De ahí el constante juego de distancias y tonos cada vez más acentuado y que va y viene de los registros intimistas a los eficaces poemas narrativos que sostienen los planteamientos del autor sobre el vivir y el sentir colectivo, sin olvidar las elegías –al padre, sobre todo– de las últimas entregas. No es de extrañar, además, que la conciencia cada vez más clara del oficio de escribir vaya generando un mayor número de poemas dedicados a la reconsideración crítica de los propios mitos literarios, que coincide, en los últimos tiempos con las espléndidas versiones en catalán de algunos de ellos: Vint-i-cinc flors del mal de Baudelaire (2008) y Les roses de Ronsard (2009). Alta poesía, poesía necesaria la de Pere Rovira.

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